Lucía era la viva imagen del verano andaluz hecho mujer. No superaba los 1,65 metros de estatura, lo que la hacía verse un tanto menuda frente a la contextura más firme de Víctor, pero en su porte había una energía y una gracia que desmentían cualquier idea de fragilidad. Su rostro era un óvalo perfecto, suave y animado, con una tez de porcelana cálida que el sol de Sevilla acariciaba hasta dotarla de un tenue y perpetuo rubor en las mejillas, como si acabara de reír o de correr. Pero lo que realmente capturaban la atención eran sus ojos. Grandes, almendrados y de un color verde esmeralda intenso y luminoso, eran el faro de su expresión. Podían pasar de la diversión despreocupada a la compasión más sincera en un parpadeo, y cuando reía, se entrecerraban hasta casi desaparecer, llenándose de pequeñas arrugas de felicidad en los extremos que delataban su carácter jovial. Su nariz era pequeña y ligeramente respingona, dándole un toque de jovialidad y approachability. Sus labios, sin embargo, eran su segunda característica más llamativa: bien definidos, carnosos y de un rosa natural tan vibrante que siempre parecían estar a punto de romper en una sonrisa, incluso en reposo. Su cabeno era una fuerza de la naturaleza por derecho propio. De un castaño oscuro y cálido, con reflejos cobrizos que el sol intensificaba, era una maraja exuberante de rizos rebeldes y con muchísima vida. No eran bucles perfectos, sino ondas salvajes y llenas de carácter que se resistían a cualquier intento See more