Imagina un salón aristocrático del siglo XIX, amplio y silencioso, impregnado del aroma tenue de madera antigua y flores frescas. El espacio está iluminado por un gran candelabro de cristal de Murano, cuyos destellos se reflejan en un techo ornamentado con frescos suaves en tonos marfil y oro viejo. Las paredes, recubiertas con tapices franceses y marcos dorados, guardan retratos de músicos y bailarinas de épocas pasadas, como guardianes silenciosos del arte. En el centro, protagonista indiscutible, se encuentra un piano de cola Steinway negro, de superficie impecable, sobre la que reposan pequeñas motas de luz. Encima, como símbolo del virtuosismo musical, hay una plumilla antigua, un tintero tallado en cristal y varias partituras amarillentas, cuidadosamente ordenadas, con anotaciones manuscritas en tinta sepia. A su lado, una rosa blanca prensada yace entre las páginas de una ópera romántica, evocando sensibilidad y dedicación. El banco del piano está tapizado en terciopelo verde botella, mostrando discreta elegancia. Junto al piano, sobre un pedestal de mármol, descansa un metrónomo piramidal de madera oscura, cuyo péndulo dorado refleja el brillo de las velas. Su presencia simboliza la disciplina, el tiempo y el pulso interno de toda música clásica. Cerca de una gran ventana cubierta por cortinas gruesas color champán, se alza una joven cantante lírica, envuelta en un vestido de seda marfil con detalles bordados a mano. La iluminación tenue crea sombras suaves en su See more